El sexo y yo,  Reflexiones

A tres metros sobre el wifi

Hace solo unas horas, pasando delante de una cafetería, vi una pareja. Nada extraño, es Nueva York, en cada avenue hay unas 857395 parejas y 27382 deben estar rompiendo.

Ella miraba la tablet, él miraba el teléfono. Frente a frente. Parecían dos personas completamente ajenas, que podrían estar sentadas en dos mesas diferentes sin conocerse de nada, si no fuera por un pequeño detalle: a pesar de estar cada uno a lo suyo, estaban dándose la mano. Pero no dándose la mano y ya está, sin hacer nada, sin más. No, tenían los dedos entrelazados y jugando con ellos. Tocándose, acariciándose, como si no existiese nada más.

Los estudiosos de la atención dividida deberían echarle un ojo a este fenómeno del siglo XXI, porque era como si sus manos fuesen dos entidades diferentes del resto de su cuerpo, entretenido haciendo swype y scroll, leyendo el periódico de la manera más moderna posible.

Tal vez sea la resaca de San Valentín, que aquí en los esteits es una fiesta bastante big. O tal vez sea un gesto de amor de la era digital: Tal vez hemos dejado las flores, por cosas tan sencillas como mirar cada uno su pantalla, pero juntos. O pasamos de las rosas y los bombones a crear perfiles en conjunto en redes sociales. Dejamos a un lado las serenatas en la ventana, por ver nerflis en el sofá. Y, si puede ser, con pizza. Nada de restaurantes italianos caros con velas y cosas de esas, eso está demodé.

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Puede parecer estúpido, pero la cosa es que, lejos de intentar criticarlo, a mí me pareció más real. Me apuesto algo a que lo que yo he visto en la cafetería no difiere mucho de una estampa hace 20 años, cambiando móvil y tablet por periódico y/o revista.

Ojalá alguien me cogiese la mano así, aunque sea mientras mire el feed de Instagram o lea la crónica del partido del sábado por la tarde en el As digital. Era mucho más real que una docena de rosas rojas para quedar bien después de una pelea. Mucho más real que una serenata para reconquistar a alguien que llevas sin cuidar 15 años o las celebraciones de aniversario por obligación. Definitivamente, mucho más real que las fotos que suben a Instagram las parejas que sabes que tienen 50 cuernos y 27 colas de demonio cada uno.

Igual deberíamos dejar de buscar grandes gestos de amor. O de llamar a las rosas, los bombones, las serenatas, y los gestos de aeropuerto gestos de amor. Los grandes gestos de amor son los padres, si lo que hay detrás no es amor. A su vez, cualquier cosa puede ser un gesto de amor, si detrás hay amor. Y el amor, definitivamente, no es lo que nos vende «A Tres Metros Sobre el Cielo» – o similar -.

Igual deberíamos quedarnos con lo real, con lo que tenemos con el otro y con nadie más. Apreciar las pequeñas cosas: Alguien que quiera cogerte de la mano cuando tienes miedo en el cine, cuando lee el periódico o comenta barbaridades en Facebook. Alguien que vea más allá de tu carácter de mierda cuando estás estresada. Que te apoye cuando tienes un problema y te aconseje si es lo que necesitas. Alguien que te haga querer ser mejor persona, que te empuje hacia delante. Por poner unos ejemplos.

No hay dos parejas iguales, y no voy a ser yo quien critique a nadie por estar embobado con el móvil en pareja, porque – y en palabras bíblicas y todo – quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Y hasta aquí, mi reflexión milenial de hoy.

A tres metros sobre el wifi
Te como la cara.

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