Me quejo

El bloqueo y la fatiga pandémica

Hoy vengo a hablaros de bloqueos. De bloqueo del bueno. Bloqueo vital.

De un tiempo a esta parte estoy tan agobiada, estresada y cargada, que no me apetece escribir, caminar o dormir. A veces ni siquiera follar, fíjate lo que te digo.

Hay quien lo llama fatiga pandémica. Yo no sé si denominarlo fatiga, me suena demasiado light. Parece ser que hay una serie de síntomas que se están dando en la población general a raíz de la pandemia y que ya ha sido categorizado por la OMS de esta manera. Yo no sé si es fatiga, es hartura, es agotamiento o qué es, además de pandémico. Pero estoy segura de que no soy la única que está así.

Llevamos meses encerrados en casa el mayor tiempo posible, con el ocio y la vida social completamente mermada y cortada en cachitos pequeños que apenas podemos disfrutar por culpa de un puto virus de mierda. Así llevamos ya casi un año y para seguir.

Estoy hasta el culo.

Me pongo a escribir y me cuesta un mundo, cuando eso no me ha pasado nunca. No hago más que tener la cabeza en cosas técnicamente productivas porque así me siento mejor. Si no, me siento culpable. Es el cuento de nunca acabar. Entonces nunca descanso, nunca paro, ni siquiera al dormir.

De alguna manera, supe que mi bloqueo se había ido a tomar viento el día que me levanté de la cama a las 3 de la mañana para apuntar en el móvil una idea, unos párrafos, un fragmento. Y, acto seguido, esto que estáis leyendo aquí y ahora, en riguroso diferido, porque las letras son así: diferidas.

Que graciosa soy, mae mia.

Por un lado, la casualidad. Casualidad de que el bloqueo se fue tras unos días en los que el cuerpo me pedía sofá, sofá y sofá. Y manta. Y dormir 12 o 14 horas en lugar de mis habituales 4.

Por otro, la ironía. Ironía de que, precisamente en estos tiempos pandémicos, donde tenemos más tiempo para dormir, descansar y demás, es cuando menos lo estoy haciendo y menos lo estoy disfrutando cuando lo hago.

Esa culpabilidad, ese síndrome de la impostora. Esa necesidad de aprovechar el tiempo por la imposición de “la pandemia nos ha hecho parar para aprovechar el tiempo a cosas que siempre postponemos”, nos hace sentirnos así.

Y esta es la historia de como se empezaron a ir mis bloqueos, mis culpas, mis dudas y casi mis demonios. Porque no hay peor sensación de dudar de ti, de lo que tienes a tu al rededor y de cada paso que das.

Más aún cuando ni siquiera dudas en realidad, simplemente es un producto de tu fatiga pandémica mezclada con el cocktail molotov de hormonas que es mi síndrome premenstrual. Que he llorado 20 minutos desconsoladamente sin motivo porque mi ansiedad se disparaba y ni siquiera sabia por qué. O simplemente porque estaba viendo Hercules y Pegaso bebé me daba ternurita.

Soy así, qué le vamos a hacer.

Sigamos adelante.

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