El sexo y yo,  Humor,  Reflexiones

Es que no somos nada

El otro día, hablando con mis amigas -fuentes de toda mi sapiencia- llegamos a la conclusión de un fenómeno tan horrible y actual como el ghosting. El de los tíos – en su mayoría, pero tías también hay – que se excusan en que “no somos nada”.

Las situaciones siguen un patrón común bastante claro: chico conoce chica y chica conoce chico, se gustan, quedan varias veces, follan con gracia y alegría a través de todos los rincones de sus respectivas casas, coches y, en ocasiones, lugares de trabajo dependiendo del poder adquisitivo inmueble de los individuos implicados. Lo pasan bien, vaya. Empiezan a hablar con asiduidad, se cuentan cosillas del día a día.

Y digo cosillas, no cosas, porque parece ser que cuando tú les cuentas algo que puede ser ligeramente más importante, personal o grave, se portan como gilipollas, y si encima les dices algo, te dicen que “eh, a mí no me eches la bronca, que no somos nada”.

Yo miraba a mis amigas flipanding, con la mandíbula desencajada como si fuese La Máscara. Se ve que a mí los tíos que me han tocado son los que son tan cobardes que echan a correr sin mirar atrás. A ellas les ha tocado la otra cara de la moneda del siglo XXI, los que son igual de cobardes, pero encima son gilipollas.

Primero de todo, me gustaría que me definiesen qué es para ellos “no ser/tener nada”. Porque la nada es la nada, como en La Historia Interminable. Y entre todo y nada, hay un montón de posibilidades. Porque yo “no tengo nada” con el señor que está pasando ahora mismo por la calle debajo de mi casa mientras escribo estos versos, con el que no he cruzado dos palabras en la vida. Con alguien con quien quedo con frecuencia y me lo paso bien, sea yendo al teatro o follando en ascensores, tengo algo. Llámalo X, pero algo hay.

Es que vamos a ver. Que si me la has metido hasta el fondo, repetidas veces, en momentos y sitios diferentes y hablamos día sí, día también sobre nuestra vida, ¿qué problema tienes? ¿te has dado cuenta de que no somos robots caídos del cielo, perfectos, y entonces decides que mejor te vas ahora que no somos nada?

Nadie te está pidiendo matrimonio, solo se te pide un gramo de decencia. Se te pide que, si te digo que “hoy no tengo un buen día” – que cualquiera diría que te estoy contando la pasión de Cristo – no te excuses en que “no somos nada” para no hacerme ni puto caso porque “ese no es tu papel”.

Que sí, que tú has venido a follar. Repetidas veces. En momentos y sitios diferentes. Pero también te has querido quedar con lo demás: con preguntar qué tal, con contarme que te estresa lo que estudias, con que tu jefe es un capullo y con que me duerma en tu pecho después del fornicio. Pero vamos, que si no somos NADA, que te la chupe tu madre. Y luego haces la cucharita con ella también. Santas pascuas.

Dice Zygmunt Bauman que vivimos en la era del amor líquido. De las sociedades líquidas, que se escapan entre los dedos. No sé si esto es verdad, si nos estamos licuando o si es que, simple y llanamente, queremos quedarnos con todo lo bueno de tener una relación, pero con la certeza de que, en el momento que algo no me  cuadre, «no somos nada» y tan feliz. Crisis evitada: tengo una vía de escape fácil, sencilla y para toda la familia. Lo de hablar las cosas ya tal.

Queremos follar, hablar, que alguien esté ahí y dormir abrazaditos, pero no queremos estar para la otra persona. No nos queremos inmiscuir demasiado, porque tenemos una amplia paleta de posibilidades aún ahí fuera, tan grande que se escurre entre los dedos.

Manda huevos.

Repito, en este sentido, he tenido suerte. Al menos, de momento.

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